Comentarios:

Déjese llevar por el primer impulso y que unas simples palabras, las primeras que tenga en la punta de la lengua, fluyan, converjan, se entremezclen y escriba, escriba lo que se le ocurra, al instante, o en algún rincón de su tiempo(si es que quiere pensar lo que va a comentar)
¡Muchas Gracias!

Pablo.-

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PABLO M. PREZ


lunes, 25 de junio de 2012

Maipú y Olmos - Óleo sobre Bastidor 90x80







     Corrió la voz de que por el malecón se había visto pasear a un nuevo personaje: La dama del perrito.
Dmitrii Dmitrich Gurov, residente en Yalta hacía dos semanas y habituado ya a aquella vida, empezaba también a interesarse por las caras nuevas. Desde el pabellón Verne, en que solía sentarse, veía pasar a una dama joven, de mediana estatura, rubia y tocada con una boina. Tras ella corría un blanco lulú.
Después, varias veces al día, se la encontraba en el parque y en los jardinillos públicos. Paseaba sola, llevaba siempre la misma boina y se acompañaba del blanco lulú. Nadie sabía quién era y todos la llamaban La dama del perrito.
      “Si está aquí sin marido y sin amigos, no estaría mal trabar conocimiento con ella”, pensó Gurov.

Anton Chejov, La dama del perrito (fragmento)

miércoles, 20 de junio de 2012

En los mimbres (La Quebrada) - Óleo sobre Bastidor 50x92



2º Premio
1º Encuentro de Pintores 2012
La Quebrada (Rio Ceballos)





     Al principio se resbaló varias veces del liso armario, pero finalmente se dio con fuerza un último impulso y permaneció erguido; ya no prestaba atención alguna a los dolores de vientre, aunque eran muy agudos.
     Entonces se dejó caer contra el respaldo de una silla cercana, a cuyos bordes se agarró fuertemente con sus patitas. Con esto había conseguido el dominio sobre sí, y enmudeció porque ahora podía escuchar al apoderado.
    ¿Han entendido ustedes una sola palabra? – preguntó el apoderado a los padres –.¿O es que nos toma por tontos? – ¡Por el amor de Dios! – exclamó la madre entre sollozos –, quizá esté gravemente enfermo y nosotros le atormentamos. ¡Grete! ¡Grete! – gritó después. ¿Qué, madre? – dijo la hermana desde el otro lado. Se comunicaban a través de la habitación de Gregor –. Tienes que ir inmediatamente al médico, Gregor está enfermo.
     Rápido, a buscar al médico. ¡Acabas de oír hablar a Gregor? – Es una voz de animal – dijo el apoderado en un tono de voz extremadamente bajo comparado con los gritos de la madre. – ¡Anna! iAnna! – gritó el padre en dirección a la cocina, a través de la antesala, y dando palmadas –.¡ Ve a buscar inmediatamente un cerrajero! Y ya corrían las dos muchachas haciendo ruido con sus faldas por la antesala ¿cómo se habría vestido la hermana tan deprisa? – y abrieron la puerta de par en par.
No se oyó cerrar la puerta, seguramente la habían dejado abierta como suele ocurrir en las casas en las que ha ocurrido una gran desgracia.
     Pero Gregor ya estaba mucho más tranquilo. Así es que ya no se entendían sus palabras a pesar de que a él le habían parecido lo suficientemente claras, más claras que antes, sin duda como consecuencia de que el oído se iba acostumbrando.
     Pero en todo caso ya se creía en el hecho de que algo andaba mal respecto a Gregor, y se estaba dispuesto a prestarle ayuda. La decisión y seguridad con que fueron tomadas las primeras disposiciones le sentaron bien.
    De nuevo se consideró incluido en el círculo humano y esperaba de ambos, del médico y del cerrajero, sin distinguirlos del todo entre sí, excelentes y sorprendentes resultados.
    Con el fin de tener una voz lo más clara posible en las decisivas conversaciones que se avecinaban, tosió un poco esforzándose, sin embargo, por hacerlo con mucha moderación, porque posiblemente incluso ese ruido sonaba de una forma distinta a la voz humana, hecho que no confiaba poder distinguir él mismo.

Franz Kafka, La metamorfosis (fragmento)

lunes, 11 de junio de 2012

Qosqo o Cusco - Óleo sobre bastidor - 50x70




22 DE MAYO

     «Muchas veces se ha dicho que la vida es un sueño, y no puedo desechar de mí esta idea. Cuando considero los estrechos límites en que están encerradas las facultades intelectuales del hombre; cuando veo que la meta de nuestros esfuerzos estriba en satisfacer nuestras necesidades, que éstas sólo tienden a prolongar una existencia efímera; que toda nuestra tranquilidad sobre ciertos puntos de nuestras investigaciones no es otra cosa que una resignación meditabunda, y que nos entretenemos en bosquejar deslumbradoras perspectivas y figuras abigarradas en los muros que nos aprisionan; todo esto, Guillermo, me hace enmudecer. Me reconcentro en mí mismo y hallo un mundo dentro de mí; pero un mundo más poblado de presentimientos y de deseos sin formular, que de realidades y de fuerzas vivas
     «Cuantos se dedican a la enseñanza convienen en que los niños no saben darse cuenta de su voluntad; pero, por más que para mí sea una verdad inconcusa, no creerán muchos que los hombres como los niños, caminando a tientas sobre la tierra, ignorando de dónde vienen y adónde van, son poco menos que autómatas y, exactamente como los niños, se dejan gobernar con juguetes, confites y azotes. 
     «Te concederé desde luego (porque sé que me lo puedes objetar) que los más felices son los que no se curan del pasado ni del porvenir, los que  pasean, visten y desnudan su muñeca, y los que, dando cautelosas vueltas alrededor del armario donde la madre ha encerrado las golosinas, cuando logran atrapar el manjar apetecido, lo devoran a dos carrillos y gritan: «¡Más!» Estas criaturas son envidiables. También lo son las que, encareciendo con títulos pomposos sus frívolas ocupaciones, o tal vez sus pasiones, reclaman gratitud al género humano, como si para su salud y su dicha hubieran llevado a cabo alguna empresa gigantesca. ¡Feliz el que pueda vivir de este modo! Sin embargo, el hombre humilde que comprende adónde va todo a parar; el que observa con cuánta facilidad
convierte cualquiera su huerto en un paraíso, y con cuánto tesón el infeliz que gime encorvado bajo el fardo de la miseria prosigue casi exánime su camino, aspirando, como todos, a ver un minuto más la luz del sol, está tranquilo, crea un mundo, que saca de sí mismo, y también es feliz, porque es hombre. Podrá agitarse en una esfera muy limitada; pero siempre llevará en su corazón la dulce idea de la libertad y el convencimiento de que saldrá de esta prisión cuando quiera.»
 
26 DE MAYO

«Hace mucho tiempo que conoces mi modo de alojarme, mi costumbre de hacerme una cabaña en cualquier punto solitario donde me instalo, sin ningún género de comodidades. Pues bien, aquí he encontrado un rinconcito que me ha seducido.
...

W.Goethe, Werther (fragmento)

sábado, 26 de mayo de 2012

Rincón del Este - Óleo sobre bastidor - 50x80

     
   

     Hasta el fiscal le había cumplimentado por su presencia de ánimo y serenidad. En suma, el juicio le fue favorable del todo. La misma señora Hamilton, le había testimoniado su gran bondad; solamente Hugo...Pero ella no quería pensar en Hugo. De súbito, a pesar del calor sofocante del departamento, se estremeció y deseó no ir ahora hacia el mar. Un cuadro se dibujaba con toda claridad en su mente. Veía la cabeza de Cyril subir y bajar de la superficie del agua nadando hacia la roca. La cabeza subía y bajaba..., aparecía y se sumergía..., y ella misma, Vera, nadando vigorosamente en su auxilio, pero sabiendo demasiado bien que no llegaría a tiempo... El mar..., sus aguas profundas, calientes y azuladas..., las mañanas pasadas tendidos sobre la arena...y Hugo..., Hugo...que le había dicho que la amaba.


Agatha Christie, Diez negritos (fragmento)

Flamencos - Óleo sobre bastidor - 100x70




La señorita Leonides apartó la vista (la apartó trabajosamente, como si para hacerlo, qué cosa tan extraña, hubiera tenido que desmontar un engranaje) y se dedicó a mirar a través de la ventanilla. Esperó un rato y luego miró hacia adelante. No necesitó más para comprobar que la muchacha no había cambiado de posición.
Volvió a mirar por la ventanilla y volvió a mirar hacia adelante. La muchacha no se había movido.
“Es una pobre loca”, pensó.
Pero con pensar que es una pobre loca no se gana mucho si la pobre loca está sentada a nuestro lado y nos escruta hipnóticamente. La señorita Leonides no sabía qué hacer. Se sentía vagamente amenazada. Le parecía que aquella muchacha había comenzado a envolverla, a comprometerla. A partir del momento en que las dos se miraron, la joven había dejado de ser una desconocida. Estaba posesionándose de ella. La invadía. Le trasvasaba una responsabilidad, una carga, un peligro. Hasta la coincidencia de estar vestidas de luto creaba entre ambas un misterioso vínculo que las separaba de los demás y las colocaba juntas y aparte.
Los ojos de la señorita Leonides iban de la ventanilla a la puerta delantera del tranvía y viceversa, y gracias a ese ir y venir vigilaba a la muchacha. Y la muchacha seguía mirándola.
La señorita Leonides abrió y cerró repetidas veces la insondable cartera, carraspeó enérgicamente, canturreó en voz baja, se puso a leer las fascinantes inscripciones del boleto, demostró en todas formas que no estaba intimidada.
Y la muchacha seguía mirándola. Seguía mirándola, seguía mirándola.
“Como me siga mirando así (gemía mentalmente la señorita Leonides) voy a preguntarle si tengo monos en la cara. ¿Pero no se da cuenta del papel que hace? ¿O seré yo la que llamo la atención? ¿Tendré algo en la oreja? ¿Se me habrá puesto la cara violácea? ¿Estaré por morirme?”
Abandonándose a una suerte de vértigo sé volvió hacia la joven. ¿Para qué lo hizo? Debió apartar rápidamente la vista. Pues aquella chiflada seguía mirándola, si, pero las pupilas que antes parecían esperar algo tremendo ahora se habían hecho añicos. La muchacha lloraba. Lloraba silenciosamente, sin un gesto, sin un movimiento. Lloraba con las manos en los bolsillos. Encogida en su asiento, lloraba. Lloraba y miraba a la señorita Leonides. Miraba a la señorita Leonides y amargamente le reprochaba no cumplir con el pacto.

 Marco Denevi, Ceremonia secreta (fragmento)

miércoles, 28 de marzo de 2012

Noche mojada - Óleo sobre bastidor - 90x60 (VENDIDA)


     El patrullero Mancuso contempló el Plymouth y vio la profunda fisura del techo y del guardabarros, lleno de círculos cóncavos, que tenía una anchura de varios centímetros. En el trozo de cartón que había colocado tapando el agujero de lo que había sido la ventanilla trasera había la siguiente inscripción: JUDIAS ESTOFADAS VAN CAMP'S. Al parar junto a la tumba, leyó lo que decía la borrosa inscripción de la cruz: REX. Luego subió los gastados escalones de ladrillo y oyó, tras los postigos cerrados, un canto atronador:
Las chicas grandes no lloran.
Las chicas grandes no lloran.
Las chicas grandes no lloran, no. No lloran.
Las chicas grandes no lloran... no.
     Mientras esperaba que alguien contestara a su llamada, leyó la borrosa pegatina del cristal de la puerta: «Un fallo del labio puede hundir un barco.» 
Debajo, la fotografía de un miembro del cuerpo auxiliar femenino de la marina, con un dedo que había adquirido un tono tostado en los labios. En la misma manzana, más allá, la gente que había en los porches le miraba y miraba la moto. Las persianas del otro lado de la calle que subían y bajaban lentamente para lograr el enfoque adecuado, indicaban que tenía también un considerable público invisible, ya que una moto de la policía allí era un acontecimiento, en especial con un motorista de pantalones cortos y barba roja. La gente de aquella calle era pobre, desde luego, pero honrada. Sintiéndose de pronto cohibido, el patrullero Mancuso tocó otra vez el timbre y asumió lo que consideraba su posición erguida oficial. Ofreció a su público el perfil mediterráneo, pero el público sólo veía a un individuo pequeño y cetrino al que le colgaban los pantalones cortos grotescamente en la entrepierna, y cuyas piernas flacuchas parecían demasiado desnudas con aquellas ligas tan serias y aquellos calcetines de nylon que le colgaban cerca de los tobillos. El público se mostraba curioso, pero nada impresionado; algunos ni siquiera mostraban curiosidad, los pocos que suponían que semejante visión acabaría llegando un día u otro a aquella miniatura de casa.
Las chicas grandes no lloran.
Las chicas grandes no lloran.
El patrullero Mancuso llamó, ferozmente, a las persianas.
Las chicas grandes no lloran.
Las chicas grandes no lloran.
    —Están en casa —chilló una mujer, por las persianas de la casa contigua, una visión de arquitecto de un Jay Gould doméstico—.
    La señora Reilly debe estar en la cocina. Vaya usted por atrás. ¿Usted qué es, señor? ¿Un policía?
    —El patrullero Mancuso. De incógnito —contestó él con firmeza.
    —¿Sí? —hubo un momento de silencio—. ¿Con quién quiere usted hablar, con el chico o con la madre?
    —Con la madre.
    —Bueno, menos mal. Con él no podría hablar. Está viendo la tele. ¿Ha oído usted eso? A mí me vuelve loca. Me destroza los nervios.
El patrullero Mancuso dio las gracias a la voz de mujer y entró en la húmeda calleja. En el patio trasero encontró a la señora Reilly colgando una sábana sucia y amarillenta en un tendal sujeto en las deshojadas higueras. 
    —Vaya, es usted —dijo la señora Reilly, tras un instante. Había estado a punto de empezar a gritar al ver aparecer en su patio a aquel individuo de la barba roja.
    —¿Cómo le va, señor Mancuso? ¿Qué dijo aquella gente? —y empezó a caminar pisando cautamente sobre los ladrillos rotos del pavimento, con sus mocasines marrones de fieltro—. Entre, que le prepararé una buena taza de café. 
    La cocina era una estancia grande, de techo alto, la más grande de la casa, y olía a café y a periódicos viejos. Era oscura, como todas las habitaciones de la casa; el pringoso empapelado y las molduras de madera oscura habrían transformado cualquier luz en penumbra, aunque, en realidad, se filtraba poca luz de la calleja. Pese a que al patrullero Mancuso no le interesaban los interiores de las casas, advirtió de todos modos, como lo habría advertido cualquiera, la presencia de la antigua cocina de gas con el horno alto y la nevera con el motor cilindrico encima. Pensando en las sartenes eléctricas, las secadoras de gas, las batidores y mezcladoras mecánicas, las fuentes de baffles, y los asadores motorizados que parecían estar siempre girando, rallando, batiendo, enfriando, zumbando e hirviendo en la argéntea cocina de su esposa Rita, el patrullero Mancuso se preguntó qué haría la señora Reilly en aquella cocina casi vacía. En cuanto anunciaban en la tele un aparato nuevo, la señora Mancuso lo compraba, por muy arcanos que fueran sus usos.
    —Ahora dígame qué dijo aquel hombre —la señora Reilly puso a hervir una cacerola de leche en su cocina eduardiana de gas—. ¿Cuánto tengo que pagar? Le diría usted que soy una pobre viuda que tiene un hijo que mantener, ¿verdad?
    —Sí, ya se lo dije —contestó el patrullero Mancuso, sentándose muy tieso en la silla y mirando esperanzadamente la mesa cubierta con un hule—. ¿Le importa que deje la barba en la mesa? Es que hace mucho calor aquí y me pica la cara.

John Kennedy Toole, La conjura de los necios (fragmento)

lunes, 5 de marzo de 2012

El tutu II - Óleo sobre bastidor - 90x30 (VENDIDA)




—¿Qué habrías hecho tú en mi lugar? —me dijo—. Dímelo sinceramente, muchacho.
     La verdad es que se le notaba que le daba lástima suspenderme, así que me puse a hablar como un descosido. Le dije que yo era un imbécil, que en su lugar habría hecho lo mismo, y que muy poca gente se daba cuenta de lo difícil que es ser profesor. En fin, el rollo habitual. Las tonterías de siempre.
     Lo gracioso es que mientras hablaba estaba pensando en otra cosa. Vivo en Nueva York y de pronto me acordé del lago que hay en Central Park, cerca de Central Park South. Me pregunté si estaría ya helado y, si lo estaba, adonde habrían ido los patos. Me pregunté dónde se meterían los patos cuando venía el frío y se helaba la superficie del agua, si vendría un hombre a recogerlos en un camión para llevarlos al zoológico, o si se irían ellos a algún sitio por su cuenta.
     Tuve suerte. Pude estar diciéndole a Spencer un montón de estupideces y al mismo tiempo pensar en los patos del Central Park. Es curioso, pero cuando se habla con un profesor no hace falta concentrarse mucho. Pero de pronto me interrumpió. Siempre le estaba interrumpiendo a uno.
—¿Qué piensas de todo esto, muchacho? Me interesa mucho saberlo. Mucho.
—¿Se refiere a que me hayan expulsado de Pencey? —le dije. Hubiera dado cualquier cosa porque se tapara el pecho. No era un panorama nada agradable.
—Si no me equivoco creo que también tuviste problemas en el Colegio Whooton y en Elkton Hills.
     Esto no lo dijo sólo con sarcasmo. Creo que lo dijo también con bastante mala intención.
—En Elkton Hills no tuve ningún problema —le dije—. No me suspendieron ni nada de eso. Me fui porque quise... más o menos.
—Y, ¿puedo saber por qué quisiste?
—¿Por qué? Verá. Es una historia muy larga de contar. Y muy complicada.
     No tenía ganas de explicarle lo que me había pasado. De todos modos no lo habría entendido. No encajaba con su mentalidad. Uno de los motivos principales por los que me fui de Elkton Hills fue porque aquel colegio estaba lleno de hipócritas. Eso es todo. Los había a patadas. El director, el señor Haas, era el tío más falso que he conocido en toda mi vida, diez veces peor que Thurmer. Los domingos, por ejemplo, se dedicaba a saludar a todos los padres que venían a visitar a. los chicos. Se derretía con todos menos con los que tenían una pinta un poco rara. Había que ver cómo trataba a los padres de mi compañero de cuarto. Vamos, que si una madre era gorda o cursi, o si un padre llevaba zapatos blancos y negros, o un traje de esos con muchas hombreras, Haas les daba la mano a toda prisa, les echaba una sonrisita de conejo, y se largaba a hablar por lo menos media hora con los padres de otro chico. No aguanto ese tipo de cosas. Me sacan de quicio. Me deprimen tanto que me pongo enfermo. Odiaba Elkton Hills.
     Spencer me preguntó algo, pero no le oí porque estaba pensando en Haas.
—¿Qué? —le dije.
—¿No sientes remordimientos por tener que dejar Pencey?
—Claro que sí, claro que siento remordimientos. Pero muchos no. Por lo menos todavía. Creo que aún no lo he asimilado. Tardo mucho en asimilar las cosas. Por ahora sólo pienso en que me voy a casa el miércoles. Soy un tarado.
—¿No te preocupa en absoluto el futuro, muchacho?
—Claro que me preocupa. Naturalmente que me preocupa —medité unos momentos—. Pero no mucho supongo. Creo que mucho, no.
—Te preocupará —dijo Spencer—. Ya lo verás, muchacho. Te preocupará cuando sea demasiado tarde.
     No me gustó oírle decir eso. Sonaba como si ya me hubiera muerto. De lo más deprimente.
—Supongo que sí —le dije.
—Me gustaría imbuir un poco de juicio en esa cabeza, muchacho. Estoy tratando de ayudarte. Quiero ayudarte si puedo.

J.D. Salinger, El guardián entre el centeno (fragmento)

jueves, 1 de marzo de 2012

Paisaje del color - Óleo sobre bastidor - 100x70 (VENDIDA)



     


     Hubo un domingo -para proseguir-, que llovió con tal fuerza y tantas horas que no pudimos dar el paseo hasta la iglesia, y en consecuencia, al caer la tarde, acordé con la señora Grose que, si mejoraba el tiempo, asistiríamos juntas al último servicio. Por suerte, la lluvia cesó y me preparé para el paseo que, cruzando el parque y por el buen camino de la aldea, sería cuestión de unos veinte minutos. Al bajar las escaleras para reunirme con mi colega en el vestíbulo, me acordé de un par de guantes necesitados de unas puntadas y que había cosido -dándoles una publicidad tal vez poco edificante- mientras acompañaba a los niños en la hora del té, que los domingos, por excepción, se servía en el templo frío y limpio, de caoba y de bronce, que era el comedor de los «mayores». Los guantes se habían quedado allí y volví para recogerlos. El día estaba bastante gris, pero aún quedaba luz y eso me permitió, al franquear el umbral, no sólo reconocer los objetos buscados sobre una silla próxima al gran ventanal, en aquellos momentos cerrado, sino percibir a una persona al otro lado de la ventana que miraba atentamente. Bastó dar un paso dentro de la sala; mi visión fue inmediata; allí estaba. La persona que me miraba atentamente era la misma persona que se me había aparecido antes. Así pues, se presentaba de nuevo, no quiero decir que con mayor claridad, porque eso era
imposible, pero sí con una mayor proximidad que significaba un paso adelante en nuestra relación y que, al verlo, hizo que se me cortara la respiración y que me quedara helada. Era el mismo, la misma persona, y esta vez lo veía, igual que lo había visto antes, de cintura para arriba, pues el ventanal no descendía hasta el nivel de la terraza donde estaba, aun estando el comedor en la planta baja. Tenía la cara pegada al cristal y, sin embargo, curiosamente, el efecto de esta mejor perspectiva consistía en permitir apreciar lo nítida que había sido la visión anterior. Sólo permaneció unos cuantos segundos, los bastantes para convencerme
de que él también me veía y reconocía; pero fue como si pasara años mirándolo y lo conociera desde siempre. No obstante, esta vez ocurrió algo que no había sucedido antes; la mirada fija en mi cara, atravesando el cristal y el comedor, era tan profunda y dura como la otra vez, pero se apartó un momento, durante el cual pude observarlo, recorriendo diversos objetos. En seguida se sumó al sobresalto la certeza de que no había venido por mí. Había venido por otra persona.

Henry James, Otra vuelta de tuerca (fragmento)

lunes, 16 de enero de 2012

El tutu - Óleo sobre Bastidor 55x45



     -¿Y si lo matan, tata? -había preguntado Vicenta en el colmo de la desesperación.
     -No hay quien haga esa gauchada -contestó el paisano-; para matar a Juan tendrán que juntarse dos partidas.
     Y era tal la profunda seguridad que tenía el viejo en el coraje y en la vista de Moreira, a quien amaba con toda la sencillez del gaucho, que al decir aquello había infundido valor al decaído espíritu de Vicenta.
     En esta conversación estaban padre e hija, cuando relinchó el overo bayo, relincho que arrancó un grito de placer a Vicenta, y que despidió al buen viejo de la silla en que se hallaba sentado.
     Cuando se asomaron al alero del rancho, ya Moreira había atado su parejero al palenque, y se sentían en dirección al rancho sus conocidas pisadas, acompañadas del metálico ruido que produce la rodaja de la espuela.
     El paisano abrazó tiernamente a Vicenta y estrechó la mano tosca de su suegro, en un apretón que fue la narración de todo lo que hiciera.
     Su suegro lo comprendió así y guardó silencio; bajó la cabeza y quedó en actitud pensativa.
     Moreira estaba sereno, pero en su mirada hermosa se podía ver la tempestad que cruzaba su espíritu varonil.
     Hemos hablado con los empleados de policía que han combatido con Moreira, inválidos todos, y que figurarán a su tiempo en esta narración, y hemos conversado largamente con el capitán de las partidas de plaza de Lobos y Navarro, inválidos también, y todos ellos nos han relatado la honda impresión que producía la mirada de Moreira en el combate.
     Su pupila se dilataba poderosamente sombreada por la larga pestaña; a sus ojos afluía e irradiaba su espíritu varonil, dominándolo como la soberbia mirada del león.
     Pidió a su mujer un mate y cuando ésta se alejó a prepararlo, Moreira tomó de nuevo entre las suyas la mano de su suegro, y con una expresión de infinita melancolía le dijo:
     -Me he desgraciado, tata viejo, he muerto a un hombre.
     El viejo levantó la cabeza, miró a Moreira a través de un velo de lágrimas y le preguntó sencillamente:
     -¿En buena ley?
     El paisano guardó silencio, pero abrió su saco y mostró coagulada sobre la camisa la sangre de la herida recibida.

Eduardo Gutiérrez, Juan Moreira (Fragmento)

lunes, 2 de enero de 2012

La Última Pulpería - Óleo sobre Bastidor 60x50



      —Sí —dice Tomatis—. Las bailarinas. Fijo que acaban con el verano.
      Y, echándose contra el respaldo de su silla, deja caer hacia atrás la cabeza, tratando de
auscultar, más allá de las copas enormes de las acacias y de los penachos de las palmeras,
aparentemente sin resultado, el cielo oscuro. Gotas de sudor, que le han brotado en la frente, le corren rápidas por las sienes hasta las orejas, y cuando llegan al borde de la mandíbula, cerca de los lóbulos, caen al vacío empapando el cuello de la camisa azul. La piel tostada de la cara, de los brazos, del cuello, parece tan gruesa como el cuero, y fuerte, casi impenetrable, y como el cuero también, en ciertas porciones de su superficie, en la frente, alrededor de los ojos y de la boca, está un poco ajada y arrugada. Observándolo, Pichón se alegra interiormente de encontrarle un aspecto tan saludable, ilusión que se acentúa porque Tomatis, casi en la orilla de los cincuenta años, conserva todavía bastante cabello revuelto y oscuro. Una impresión instantánea y fugaz, pero muy intensa, de continuidad o tal vez de permanencia lo transporta mientras lo observa, como si a través de la invariabilidad física de Tomatis, que cuando tenía veinte años parecía más viejo de lo que era y ahora que tiene casi cincuenta más joven de lo que es, pudiese verificarse no tanto la mansedumbre del tiempo como su inexistencia. Únicamente el presente le parece real, y tan inseparable del espesor de las cosas, tan confundido con la extensión palpable del mundo, que su dimensión temporal está como abolida. El tiempo y sus amenazas se le presentan ahora como una leyenda, colorida y terrible a la vez, a la que, refugiado en la rudeza rugosa y clara del presente, ya no considera necesario seguir dándole crédito. La camisa verde claro, casi fluorescente de Soldi, vibra en el aire nocturno del patio y el rumor de las bailarinas en la altura, alrededor de las luces, después de su aparición súbita, más los clientes sentados en sus sillas blancas de hierro forjado, más el gusto del trago de cerveza que acaba de tomar, más la sensación de frescura que, después de depositar el vaso vacío en la mesa, le ha quedado en la yema de los dedos, más el fondo móvil del restaurante, con la pared blanca, el techo de paja y el personal que trabaja cerca del bar y de la cocina y se dispersa después por los senderos rojos de ladrillo molido, más las copas inmóviles de los árboles, las guirnaldas de lamparitas de colores, los platos y los vasos sobre la mesa, todas esas presencias familiares y al mismo tiempo enigmáticas, como si acabaran de florecer, compactas y nítidas, de un grumo de nada, parecen haber bloqueado el fluir del cambio, dejándolo en un exterior improbable y distante, como si el presente crudo transcurriera en una bola de vidrio sobre la que las gotas de tiempo, sin poder adherir a la cápsula lisa y transparente, resbalan hacia un abismo
de eternidad desmantelada y negra.

Juan José Saer, LaPesquisa (Fragmento)

jueves, 22 de diciembre de 2011

Esperando - Óleo sobre Bastidor 50x40 (ADQUIRIDA)

    

    
     Durante todo un día de otoño oscuro, sombrío y silencioso, en el que las nubes se cernían pesadas y opresivas en los cielos, había cruzado sólo, a caballo, a través de una extensión singularmente monótona de campiña, encontrándome al final, cuando las sombras de la noche caían a la vista de la melancólica Casa de Usher.     
     No sé como ocurrió, pero a la primera ojeada sobre el edificio, una sensación de insufrible tristeza invadió mi espíritu.....      
     Su propietario, Roderick Usher, había sido uno de mis más joviales compañeros de la infancia, pero habían transcurrido demasiados años desde nuestro último encuentro.     
     Una carta, sin embargo, me había llegado recientemente de una alejada parte de la comarca, cuyo carácter de vehemente apremio no admitía otra respuesta que mi presencia.
     La letra mostraba una evidente agitación nerviosa.....  


Edgar Allan Poe, La ruina de la casa Usher (fragmento)

Feliz Cumple Leo!!!

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Esquina de San Marcos - Óleo sobre Bastidor 90x60 (VENDIDA)



     Como es domingo y ha dejado de llover, pienso llevar un ramo de rosas a mi tumba. Rosas rojas y blancas, de las que ella cultiva para hacer altares y coronas. La mañana estuvo entristecida por este invierno taciturno y sobrecogedor que me ha puesto a recordar la colina donde la gente del pueblo abandona sus muertos. Es un sitio pelado, sin árboles, barrido apenas por las migajas providenciales que regresan después que el viento ha pasado. Ahora que dejó de llover y que el sol de mediodía debe haber endurecido el jabón de la cuesta, podría llegar hasta el túmulo en cuyo fondo reposa mi cuerpo de niño, ahora confundido, desmenuzado entre caracoles y raíces.

Gabriel Garcìa Marquez, Alguien desordena estas rosas (Fragmento)

lunes, 12 de diciembre de 2011

Cielo Salteño - Óleo sobre Bastidor 100x70



  


–Ahora y aquí, muchachos –repitió el pájaro una vez más, y bajó aleteando de su percha en el
árbol muerto y se posó en el hombro de la niña. Esta peló otra banana, entregó dos tercios a Will y
ofreció el resto al mynah.
–¿El pájaro es tuyo? –preguntó Will.
Ella meneó la cabeza.
–Los mynah son como la luz eléctrica –declaró–. No pertenecen a nadie.
–¿Por qué dice esas cosas?
–Porque alguien se las enseñó –respondió la chiquilla con paciencia. ¡Qué burro!, parecía
insinuar su tono.
–¿Pero por qué le enseñan esas cosas? ¿Por qué "Atención"? ¿Por qué "Ahora y aquí"?
–Bien... –Buscó las palabras correctas para explicar lo evidente a ese extraño imbécil.– Eso es lo
que uno siempre ¿olvida, ¿no es así? Quiero decir, uno olvida de prestar atención a lo que sucede.
Y eso equivale a no estar ahora y aquí.
–Y los mynah vuelan de un lado a otro recordándolo... ¿es eso?
La niña asintió. Por supuesto, era eso. Hubo un silencio.
–¿Cómo te llamas? –preguntó ella. Will se presentó.


Aldous Huxley, La isla (Fragmento)


domingo, 27 de noviembre de 2011

Agua y sus paredes - Óleo sobre Bastidor 90x80 (Serie del mar a remos)


     

    Como el dueño de la casa nos aumentara el alquiler, nos mudamos de barrio, cambiándonos a un siniestro caserón de la calle Cuenca, al fondo de Floresta.

     Dejé de verlos a Lucio y Enrique, y una agria tiniebla de miseria se enseñoreó de mis días.

     Cuando cumplí los quince años, cierto atardecer mi madre me dijo:

-Silvio, es necesario que trabajes.

     Yo que leía un libro junto a la mesa, levanté los ojos mirándola con rencor. Pensé: trabajar, siempre trabajar. Pero no contesté.
     Ella estaba de pie frente a la ventana. Azulada claridad crespuscular incidía en sus cabellos emblanquecidos, en la frente amarilla, rayada de arrugas, y me miraba oblicuamente, entre disgustada y compadecida, y yo evitaba encontrar sus ojos.
    Insistió comprendiendo la agresividad de mi silencio.
-Tenés que trabajar, ¿entendés? Tú no quisiste estudiar. Yo no te puedo mantener. Es necesario que trabajes.
    Al hablar apenas movía los labios, delgados como dos tablitas. Escondía las manos en los pliegues del chal negro que modelaba su pequeño busto de hombros caídos.

-Tenés que trabajar, Silvio.
-¿Trabajar, trabajar de qué? Por Dios... ¿Qué quiere que haga?... ¿que fabrique el empleo...? Bien sabe usted que he buscado trabajo.
    Hablaba estremecido de coraje; rencor a sus palabras tercas, odio a la indiferencia del mundo, a la miseria acosadora de todos los días, y al mismo tiempo una pena innominable: la certeza de la propia inutilidad. 
    Mas ella insistía como si fueran ésas sus únicas palabras.

-¿De qué?... a ver ¿de qué?
    Maquinalmente se acercó a la ventana, y con un movimiento nervioso arregló las arrugas de la cortina...


Roberto Arlt, El Juguete Rabioso (Fragmento)

martes, 15 de noviembre de 2011

La Casa - Óleo sobre bastidor - 50x70






-¿Es el nagual el Ser Supremo, el Omnipotente, Dios? -pregunté.
-No. Dios también está en la mesa. Digamos que Dios es el mantel.
Hizo, en broma, el gesto de jalar el mantel para amontonarlo con los otros objetos que había puesto frente a mí.
-Pero, ¿dice usted que Dios no existe?
-No. No dije eso. Sólo dije que el nagual no era Dios, porque Dios es un objeto de nuestro tonal personal y del tonal de los tiempos. El tonal es, como ya dije, todo lo que creemos que es parte del mundo, incluyendo a Dios, por supuesto. Dios no tiene otra importancia que la de ser parte del tonal de nuestro tiempo. 

-Según yo lo entiendo, don Juan, Dios es todo ¿No estamos hablando de lo mismo?
-No. Dios es solamente todo aquello en lo que puedes pensar; por eso, propiamente hablando, Dios no es sino otro objeto en la isla. Dios no puede ser visto cuando uno quiere; sólo podemos hablar de Él. En cambio, el nagual está al servicio del guerrero. Puede ser visto, pero no se puede hablar de él.
-Si el nagual no es ninguna de las cosas que he mencionado -dije-, quizá pueda usted decirme el sitio donde se encuentra. ¿Dónde está?
     Don Juan hizo un amplio ademán y señaló el área más allá de los confines de la mesa. Movió la mano como si, con el dorso, limpiara una superficie imaginaria que rebasara los bordes de la mesa.
-El nagual está allí -dijo-. Allí, alrededor de la isla. El nagual está, allí, donde el poder se cierne.

"Desde el momento de nacer sentimos que hay dos partes en nosotros. A la hora de nacer, y luego por algún tiempo después, uno es todo nagual. En ese entonces, nosotros sentimos que para funcionar necesitamos una contraparte a lo que tenemos. Nos falta el tonal y eso nos da, desde el principio, el sentimiento de no estar completos. A esas alturas el tonal empieza a desarrollarse y llega a tener una importancia tan absoluta para nuestro funcionamiento que opaca el brillo del nagual, lo avasalla; y así nos volvemos todo tonal. Desde el momento en que uno se vuelve todo tonal, no hacemos otra cosa sino aumentar esa vieja sensación de estar incompletos; esa sensación que nos acompaña desde el momento de nacer y que nos dice constantemente que hay otra parte de nosotros que nos haría íntegros. 
"A partir del momento en que somos todo tonal, empezamos a hacer pares. Sentimos nuestros dos lados, pero siempre los representamos con objetos del tonal. Decimos que nuestras dos partes son el alma y el cuerpo. O la mente y la materia. O el bien y el mal. Dios y Satanás. Nunca nos damos cuenta, sin embargo, de que sólo estamos haciendo parejas con las cosas de la isla, algo muy semejante a hacer parejas con café y té, o pan y tortillas, o chile y mostaza. Somos de verdad animales raros. Nos creemos tanto y, en nuestra locura, creemos tener perfecto sentido."
     Don Juan se puso en pie y me apostrofó como un orador. Me señaló con el índice e hizo temblar su cabeza.
-El hombre no se mueve entre el bien y el mal -dijo en un tono hilarantemente retórico, tomando el salero y el pimentero en ambas manos-. Su verdadero movimiento es entre lo negativo y lo positivo Dejó la sal y la pimienta y cogió un tenedor y un cuchillo.
-¡Lo dicho es un error! No hay movimiento ninguno -continuó como si se respondiera a sí mismo -. ¡El hombre es sólo mente!
     Cogió la botella de salsa y la puso en alto. Luego la dejó.
-Como puedes ver -dijo suavemente-, podríamos muy fácilmente reemplazar mente por salsa de chile y acabar diciendo: -“¡El hombre es sólo salsa de chile!” El hacer eso no nos volvería más dementes de lo que ya estamos.
-Mucho me temo no haber hecho la pregunta correcta -dije-. Quizá podríamos llegar a una mejor comprensión si preguntara qué puede uno hallar, específicamente, en el área más allá de la isla.


Carlos Castaneda, Relatos de poder (fragmento)

lunes, 31 de octubre de 2011

De la Cultura (Canals) - Óleo sobre bastidor - 70x50

  


    No podía siquiera pensar en él o llamarlo. Aparecía de pronto y entonces lo seguía. Cuando no estaba era como si no hubiese existido nunca.
    El hombrecito no tenía nombre. Pero lo más inconcebible, cuando él me llamaba por el mío, hubiese sido no acudir a sus llamadas. Donde iba él iba yo, fuera al agua o al fuego. No es que me lo ordenara. Era suficiente que él hiciera cualquier cosa para que yo hiciese otro tanto. No hacerlo hubiera sido tan extraordinario como si mi sombra no siguiera mis movimientos. Acaso fuera yo precisamente eso, la sombra o el espejo del hombrecito, si es que él no era mi sombra y yo, creyendo imitarlo, hacía los movimientos antes o al mismo tiempo que él.
    Por desgracia no siempre estaba conmigo y cuando esto ocurría, faltaban a mis hechos naturalidad y necesidad. Un paso, entonces, podía darse o no darse, podía meditarse sobre él. Y todos los buenos, alegres y felices pasos que di en mi vida de entonces los di sin meditar un momento sobre ellos. El reino de la libertad es quizás también el reino del engaño.

 Hermann Hesse, Infancia de un mago (fragmento)

jueves, 27 de octubre de 2011

Pastor - Óleo sobre bastidor - 60x50



     A medida que adelantaba la lectura, se producía en las facciones de Leontina una suave transfiguración. Ya no veía al monstruo de piedra, cruel, destructor, tumbado sobre el cuerpo del muchacho y aplastándolo, sino al otro, al luminoso descrito por el poeta, que bogaba como un lento navío en el claro de luna. El asesino sofocante se había mudado, por gracia de un artista, en uno de los príncipes encantados del cuento de Andersen, que Charlemagne le había referido alguna vez y que, como el de Sully Prudhomme, nadaban plácidamente, pero llevando livianas coronas de oro. En torno, los personajes pintarrajeados--Noé, Salomón, Josué, Holofernes, Caín, Sansón, Adán y Eva, los ángeles de Sodoma-- aparentaban haberse detenido en medio de sus arduas tareas (entenderse con el sol; contar animales; perder la testa; escapar de un Ojo; enfrentar--los ángeles-- a ansiosos violadores), para escuchar la reseña portentosa del cisne parnasiano, cuya serenidad contradecía sus violencias y furias. Un silencio casi audible sucedió al último alejandrino y a la visión del cisne dormido en el agua. Lo quebró el poeta para revelar un detalle que había reservado hasta el final, como remate de su labor apaciguadora, y era que en el diccionario de la Real Academia Española se topaba con la estupenda referencia de que en la jerga de germanía, el lenguaje de los rufianes españoles, "cisne" era uno de los vocablos que éstos usaron (o usan) para designar a las mujeres que ejercían el mismo comercio sensual de su amiga y copartícipe de la azotea.

--De modo--sonrió-- que tú eres un cisne.

--¿Un cisne?

      Leontina dilató los ojos desconcertados; depositó al gato en el piso, con ternura maternal, se paró, se desperezó, se quitó el kimono y quedó desnuda, fláccida y
voluminosa, delante del septuagenario, que se rascaba la cabeza, similarmente desnuda. Después se vistió, porque debía apresurarse y tomar el colectivo que la
conduciría a su casa. Besó a Aníbal, le agradeció los versos que tanto bien le hicieran, y atravesó el gran Palacio vacío, sin miedo ya de tropezar con el fantasma que la mataría con sus aletazos feroces, porque ella también era un cisne. Y Aníbal Charlemagne retornó a su pieza, seguido por el gato Jazmín, que pasaba el día en lo
de Leontina, y asistía con indiferencia filosófica a los espectáculos cambiantes y a la larga repetidos que organiza la inmemorial Lujuria, y que se ofrecían cotidianamente allí, pero que dormía sobre el lecho casto del poeta, acurrucado a sus pies.




Manuel Mujica Lainez, Los cisnes (fragmento)

martes, 11 de octubre de 2011

Inti Huasi - Óleo sobre bastidor - 90x70 (ADQUIRIDA)

2º Premio
15º Encuentro Nacional de Pintores 2011
Colonia Caroya


     Escuadrillas de aviones oscurecieron el cielo arrojando pequeños cubos forrados con pétalos impermeables. La gente de las ciudades y aldeas corrió a las calles y a los campos para recogerlos. Despedían un aroma intenso y embriagador, provocando sensación de bienestar. Los hombres los regalaron a las mujeres, los niños a sus padres y los vecinos entre sí, con entusiasmo y rebumbio. En pocos días los habitantes del país se repartieron solidariamente millones de cubos perfumados. Los sacerdotes y los idealistas se regocijaron al contemplar esa sorprendente y espontánea distribución.
     Algunos guardaron el objeto prodigioso en un bolsillo, otros en la caja fuerte. Quienes deseaban conservar sus poderes aromáticos lo sometieron a variados procesos. Mas pronto llegaron las instrucciones: debe ser fijado sobre la nariz. La propuesta insólita originó risas; pero los jóvenes encontraron un motivo para quebrar rutinas y se calzaron el cubo sobre la cara, donde quedaba confortablemente instalado como si su diseño hubiera previsto esta eventualidad. Los comentarios de reproche mantuvieron un tono de jocundia y pronto los adultos y ancianos, entregándose al travieso alborozo que recorría el país, también se pusieron el cubo sobre la nariz. Parecemos rinocerontes, dijo alguien; yo diría payasos; yo más bien extraterrestres. Somos hombres nuevos, voceó un líder: y cundió la frase.
     El cubo lanzaba continuos efluvios aromáticos tonificantes. En las fábricas, en las oficinas, en las aulas, en los establecimientos rurales, se estaba produciendo una revolución energética: los humanos se sentían animosos para trabajar.
     Esa nutrición olfativa, que apelaba al sentido más antiguo y casi atrofiado de la especie, fortalecía los centros básales del encéfalo y desde allí repercutía sobre todo el cuerpo. Al principio los usuarios se quitaban los cubos cuando se acostaban y al lavarse el rostro; pero el sueño era más reparador aspirando su aroma y algunos olvidaron sacárselos hasta para higienizarse. Su envoltorio impermeable no sufría deterioro alguno. En pocas semanas todo el país decidió voluntariamente dejarse siempre puesto el maravilloso obsequio con el que regaron al país aquellos aviones, más abundantes que las nubes de lluvia que embeben los campos o las nubes de maná que regocijaron el paladar de los hombres en los yermos del Sinaí.
     Los medios de información difundieron estas buenas noticias; los caricaturistas incorporaron la curiosa verruga nasal en sus personajes y algunos diputados propusieron erigir un monumento al artefacto maravilloso que había operado la transformación milagrosa del pueblo. Los científicos estudiaron sus virtudes y los mecanismos de acción; los músicos y poetas le compusieron cantos. Ensayistas, filósofos y sociólogos se lanzaron con voracidad a ese riquísimo filón que eran las multitudes transformadas mediante efectos físico-biológicos, estudiando conductas, nuevas relaciones intergrupales y apetencias del espíritu.
     Manuel, que había presenciado el asombroso acontecimiento, guardaba una terca desconfianza. Aunque las conclusiones de los científicos eran positivas y algunos teólogos encontraron con rapidez una explicación satisfactoria, presentía que esa situación de alegría estimulada por dispositivos manejados desde una central poderosa, chocaba con sus aspiraciones más profundas. Fue uno de los pocos hombres —quizás el único— que no dormía con el cubo sobre la nariz. Se convirtió por eso en un excéntrico de la flamante sociedad, pero un excéntrico que no recaudaba simpatías ni adherentes. ¿Quién podía negarse a la felicidad, la revitalización continua, el confort íntimo sin estar intelectualmente limitado?
     Sus amigos quisieron hacerle entrar en razón, por el sentimiento solidario que en ellos estimulaban los cubos, pero sus esfuerzos resultaron infructuosos.
     Manuel extrañaba los binomios alegría-tristeza, optimismo-desesperanza. La euritmia planificada, uniforme, aunque lumínica, le sabía a muerte.
     El país llevó en andas a los aviadores celebrando sus proezas heroicas, desfilaron ante los palcos desde donde les arrojaba su saludo un delegado de las nuevas y eficientes jerarquías y organizó fiestas para celebrar el inagotable funcionamiento de los cubos aromáticos. En la memoria se fijaron estos hechos con mayor intensidad que los más notables de la vida anterior. El regocijo creciente produjo iniciativas temerarias: contabilizar el tiempo en antes y después de la lluvia prodigiosa, cambiar el nombre de los meses, modificar el idioma de tal suerte que todas las palabras tengan su raíz en un perfume.
     Teólogos vanguardistas compararon los cubos a ángeles de la guarda y lúcidos antropólogos, asimilándolos a un mito indígena, propusieron llamarlos tona. Unos y otros manifestaron en sesudos artículos su complacencia por la cristalización de viejas lucubraciones.
    Marcos Aguinis, Cantata de los diablos (fragmento)

jueves, 29 de septiembre de 2011

La estación - Óleo sobre bastidor - 50x70 (ADQUIRIDA)

   
1º Premio
 Encuentro Nacional de Pintores 2011
Jesús María  






    Don Juan hizo un gesto muy cómico para representar a un hombre en carrera frenética, agarrándose el sombrero. Le dije que odiaba pensar que, de querer voluntad, no te­nía más alternativas que leonas de montaña o convulsiones. 
   ‑Mi benefactor era un brujo de grandes poderes -pro­siguió‑. Era un guerrero hecho y derecho. Su voluntad era en verdad su hazaña suprema. Pero un hombre puede ir todavía más allá; puede aprender a ver. Al aprender a ver, ya no necesita vivir como guerrero, ni ser brujo. Al apren­der a ver, un hombre llega a ser todo llegando a ser nada. Desaparece, por así decirlo, y sin embargo está allí. Yo diría que éste es el tiempo en que un hombre puede ser o puede obtener cualquier cosa que desea. Pero no desea nada, y en vez de jugar con sus semejantes como si fueran juguetes, los encuentra en medio de su desatino. La única diferencia es que un hombre que ve controla su desatino, mientras que sus semejantes no pueden hacerlo. Un hombre que ve ya no tiene un interés activo en sus semejantes. El ver lo ha despe­gado de absolutamente todo lo que conocía antes.‑La sola idea de despegarme de todo lo que conozco me da escalofríos -dije.

     ‑¡Has de estar bromeando! Lo que debería darte esca­lofríos es no tener nada que esperar más que una vida de hacer lo que siempre has hecho. Piensa en el hombre que planta maíz año tras año hasta que está demasiado viejo y cansado para levantarse y se queda echado como un perro viejo. Sus pensamientos y sentimientos, lo mejor que tiene, vagan sin ton ni son y se fijan en lo único que ha hecho: plantar maíz. Para mí, ése es el desperdicio más aterrador que existe.
   "Somos hombres y nuestra suerte es aprender y ser arro­jados a mundos nuevos, inconcebibles."
      ‑¿Hay de veras algún mundo nuevo para nosotros? ‑pregunté, medio en broma.
    ‑No hemos agotado nada, idiota ‑dijo él, imperioso‑. Ver es para hombres impecables. Templa tu espíritu, llega a ser un guerrero, aprende a ver, y entonces sabrás que no hay fin a los mundos nuevos para nuestra visión.


Carlos Castaneda, Una realidad aparte (fragmento)

jueves, 22 de septiembre de 2011

Praga - Óleo sobre bastidor - 50x70 (VENDIDA)



   
     La ciudad se ha vuelto imposible debido al virus de la codicia y a la irresponsabilidad de los ciudadanos. Nadie obliga a vacunarse contra el virus sino que lo difunden desde los medios masivos de comunicación, y aún desde los planes educativos. La educación cívica ha devenido en recitar de memoria las ofertas de los mercados antes que las cartas orgánicas. Los legisladores se han vuelto invisibles, desconocidos, fantasmales y horrorosos. Ya ni siquiera aparecen en las campañas sino que han dado con el acierto del nominalismo en poder colocar sus nombres en una lista infinita que les otorga el poder de acceder a privilegios infames.
     Los ciudadanos cantan desde hace ya dos siglos la estrofa absurda de un himno que los compromete a perennizar los laureles de las glorias que otros supieron conseguir. Pero jamás cayeron en la cuenta que esos lauros fueron usados en el estofado burgués que sembró la cizaña de la corrupción en sus propias almas y en sus propios espiritús. Sin embargo, todos se dan el lujo de indignarse ante los hechos de corrupción pero a todos les da muchísima modorra cuando se les recuerda que el poder está en el pueblo, que no se trata tan sólo de votar, sino de demostrar con valentía que el poder que se delega es puro. Es noble. Es un poder que no se debe doblegar. Pero parece mucha responsabilidad para los ciudadanos. Esto de saberse omnipotentes les queda grande. Saberse poderosos los hace infelices, abyectos y aburridos.No es divertido el poder. La responsabilidad hace fuertes a los débiles y débiles a los fuertes. Pero en una ciudad poblada por débiles mentales, la única responsabilidad que es menester esperar es la de conformar el snobismo hasta el hartazgo obseno de hacer de la holgazanería el principal reclamo sindical.
     Las instituciones demuestran el estado de desamparo de la ciudad. Las escuelas aparecen pintadas y restauradas al comienzo de cada ciclo lectivo. El estado gasta dinero en borrar pintadas, restaurar bancos, arreglar pizarrones, reponer vidrios, etc. Nadie se pregunta por qué llegan a tal deterioro esas instituciones sino fuera por los negociados que tejen los gobiernos con las empresas que arreglan esos desmanes. Nadie sospecha que a sus hijos, los estudiantes, les parece más válido haber pasado la instancia educativa para aprender a pintar paredes con mensajes obscenos que para aprender normas básicas de conducta.
     Los hospitales no corren con la suerte de la restauración. Por desgracia las enfermedades y los accidentes no conocen de ciclos. Ahí están los nosocomios con vidrios destruidos, desmantelados de infraestructura y desabastecidos de medicamentos. Ahí están los profesionales ejerciendo su vocación desde la congoja de recibir un salario insignificante. Educados desde el agradecimiento del paciente debido a que este último le es imposible creer que las enfermeras y los médicos trabajen con tanta dedicación sin siquiera recordar que lo que les pagan no alcanza ni para acceder, ellos mismos a una salud digna.
     Sara ha sido enfermera desde antes de estudiar esa profesión. Su madre, Mercedes, también fue enfermera. De niña ya aplicaba vacunas y tomaba la...

Tino, La ciudad imposible (fragmento)

martes, 13 de septiembre de 2011

Calle Sarmiento(Tulumba) - Técnica Mixta sobre cartón entelado - 70x50) (VENDIDA)



1º Mención
5º Encuentro Nacional de Pintores 2011
 Villa de Tulumba


 

Cierta noche aciaga, cuando, con la mente cansada,
meditaba sobre varios libracos de sabiduría ancestral
y asentía, adormecido, de pronto se oyó un rasguido,
como si alguien muy suavemente llamara a mi portal.
"Es un visitante -me dije-, que está llamando al portal;
sólo eso y nada más."
¡Ah, recuerdo tan claramente aquel desolado diciembre!
Cada chispa resplandeciente dejaba un rastro espectral.
Yo esperaba ansioso el alba, pues no había hallado calma
en mis libros, ni consuelo a la perdida abismal
de aquella a quien los ángeles Leonor podrán llamar
y aquí nadie nombrará.
Cada crujido de las cortinas purpúreas y cetrinas
me embargaba de dañinas dudas y mi sobresalto era tal
que, para calmar mi angustia repetí con voz mustia:
"No es sino un visitante que ha llegado a mi portal;
un tardío visitante esperando en mi portal.
Sólo eso y nada más".
Mas de pronto me animé y sin vacilación hablé:
"Caballero -dije-, o señora, me tendréis que disculpar
pues estaba adormecido cuando oí vuestro rasguido
y tan suave había sido vuestro golpe en mi portal
que dudé de haberlo oído...", y abrí de golpe el portal:
sólo sombras, nada más.
La noche miré de lleno, de temor y dudas pleno,
y soñé sueños que nadie osó soñar jamás;
pero en este silencio atroz, superior a toda voz,
sólo se oyó la palabra "Leonor", que yo me atreví a susurrar...
sí, susurré la palabra "Leonor" y un eco volvióla a nombrar.
Sólo eso y nada más.
Aunque mi alma ardía por dentro regresé a mis aposentos
pero pronto aquel rasguido se escuchó más pertinaz.
"Esta vez quien sea que llama ha llamado a mi ventana;
veré pues de qué se trata, que misterio habrá detrás.
Si mi corazón se aplaca lo podré desentrañar.
¡Es el viento y nada más!".
Mas cuando abrí la persiana se coló por la ventana,
agitando el plumaje, un cuervo muy solemne y ancestral.
Sin cumplido o miramiento, sin detenerse un momento,
con aire envarado y grave fue a posarse en mi portal,
en un pálido busto de Palas que hay encima del umbral;
fue, posose y nada más.
Esta negra y torva ave tocó, con su aire grave,
en sonriente extrañeza mi gris solemnidad.
"Ese penacho rapado -le dije-, no te impide ser
osado, viejo cuervo desterrado de la negrura abisal;
¿cuál es tu tétrico nombre en el abismo infernal?"
Dijo el cuervo: "Nunca más".
Que una ave zarrapastrosa tuviera esa voz virtuosa
sorprendióme aunque el sentido fuera tan poco cabal,
pues acordaréis conmigo que pocos habrán tenido
ocasión de ver posado tal pájaro en su portal.
Ni ave ni bestia alguna en la estatua del portal
que se llamara "Nunca más".
Mas el cuervo, altivo, adusto, no pronunció desde el busto,
como si en ello le fuera el alma, ni una sílaba más.
No movió una sola pluma ni dijo palabra alguna
hasta que al fin musité: "Vi a otros amigos volar;
por la mañana él también, cual mis anhelos, volará".
Dijo entonces: "Nunca más".
Esta certera respuesta dejó mi alma traspuesta;
"Sin duda - dije-, repite lo que ha podido acopiar
del repertorio olvidado de algún amo desgraciado
que en su caída redujo sus canciones a un refrán:
"Nunca, nunca más".
Como el cuervo aún convertía en sonrisa mi porfía
planté una silla mullida frente al ave y el portal;
y hundido en el terciopelo me afané con recelo
en descubrir que quería la funesta ave ancestral
al repetir: "Nunca más".
Esto, sentado, pensaba, aunque sin decir palabra
al ave que ahora quemaba mi pecho con su mirar;
eso y más cosas pensaba, con la cabeza apoyada
sobre el cojín purpúreo que el candil hacía brillar.
¡Sobre aquel cojín purpúreo que ella gustaba de usar,
y ya no usará nunca más!
Luego el aire se hizo denso, como si ardiera un incienso
mecido por serafines de leve andar musical.
"¡Miserable! -me dije-. ¡Tu Dios estos ángeles dirige
hacia ti con el filtro que a Leonor te hará olvidar!
¡Bebe, bebe el dulce filtro, y a Leonor olvidarás!".
Dijo el cuervo: "Nunca más".
"¡Profeta! -grité-, ser malvado, profeta eres, diablo alado!
¿Del Tentador enviado o acaso una tempestad
trajo tu torvo plumaje hasta este yermo paraje,
a esta morada espectral? ¡Mas te imploro, dime ya,
dime, te imploro, si existe algún bálsamo en Galaad!"
Dijo el cuervo: "Nunca más".
"¡Profeta! -grité-, ser malvado, profeta eres, diablo alado!
Por el Dios que veneramos, por el manto celestial,
dile a este desventurado si en el Edén lejano
a Leonor, ahora entre ángeles, un día podré abrazar".
Dijo el cuervo: "¡Nunca más!".
"¡Diablo alado, no hables más!", dije, dando un paso atrás;
¡Que la tromba te devuelva a la negrura abisal!
¡Ni rastro de tu plumaje en recuerdo de tu ultraje
quiero en mi portal! ¡Deja en paz mi soledad!
¡Quita el pico de mi pecho y tu sombra del portal!"
Dijo el cuervo: "Nunca más".
Y el impávido cuervo osado aun sigue, sigue posado,
en el pálido busto de Palas que hay encima del portal;
y su mirada aguileña es la de un demonio que sueña,
cuya sombra el candil en el suelo proyecta fantasmal;
y mi alma, de esa sombra que allí flota fantasmal,
no se alzará...¡nunca más!.


 Edgar Allan Poe, El Cuervo